ANTEPASADOS RUBÍES
Año 3996, antiguo calendario.
Año 1119, calendario clásico.
Año 594, calendario científico.
Me logro mantener con la mente en blanco, cuando veo las estrellas, casi flotando con esta mínima gravedad. Es una sensación muy reconfortante, tras tanto trabajo.
Después de haberme relajado un rato, acuden preguntas absurdas a mi mente. Absurdas en el pasado, absurdas en el presente… y probablemente también en el futuro. Al menos en mi futuro. Preguntas como cuántas estrellas habrá... si alguna vez podremos visitarlas. Preguntas como si alguno de los puntitos rojos se habrá movido, signo del regreso de la segunda astrópolis… debió llegar hace 119 años. Son preguntas absurdas, simplemente porque sé que no obtendré respuesta.
Me dedico a la extracción de mineral en Deimos. Aquí arriba el trabajo es peligroso, por la proximidad al Cinturón de Tierra, ya que al contrario que en nuestro Marte, no hay atmósfera, y alguna pequeña roca nos puede caer encima. De hecho ha habido dos accidentes en las últimas semanas; ha habido huelgas reclamando mayores sistemas de seguridad.
No obstante, mi sueldo es alto. Tras estar varias horas supervisando los sistemas, cuando estoy cansada, siempre pienso en que me están dando el dinero con cada nuevo gesto, en ese mismo momento, y no al final de semana. Pero expondré a qué me refiero con gesto: me ocupo concretamente de la supervisión de las interfaces informáticas situadas en una de las tres estaciones espaciales de Deimos, encargadas de enlazar con y coordinar a los vehículos robóticos mineros. Por lo tanto, trabajo con ordenadores. Al final, si lo pienso, lo único que hago son gestos con mis manos.
Aún así, necesito estar en tierra. No puedo trabajar desde la estación, donde todo son comodidades. Si algo falla, a veces es necesario que arregle algún componente del sistema estando delante del mismo. Si no existieran los delitos informáticos sería más sencillo, ya que habría enlaces desde los satélites. Pero hoy día no hay sistema seguro excepto el que tiene barreras físicas.
Ya vuelvo a pensar en mi trabajo. No puedo evitarlo, pero prefiero relajarme viendo el cielo, siempre nocturno desde aquí. Se divisa parte del Cinturón de Tierra, apenas una línea difusa que asoma por el horizonte. El mayor cadáver de la historia. La mayor catástrofe vivida por la humanidad, hace… ¿qué fue, en el siglo XXIV del calendario cristiano? Estamos en el 1119… pero, según el antiguo calendario cristiano, que acabó en el 2364, sería… Oh, ¡qué tonta soy! Si estamos en el 1119, fue hace exactamente 1119 años. Al menos, si no tengo en cuenta el tiempo pasado entre la destrucción y la salvación, ese tiempo que pasó y que no pasó al mismo tiempo.
Estoy un poco liada. Será mejor que empiece a recordar desde el principio, aunque solo sé lo que aprendí en el colegio.
Era una chiquilla. En las clases de historia, la única parte que nos gustaba era la de los siglos XXIV y XXV. Antes de esa época la asignatura era menos interesante, se parecía bastante a la vida actual, aunque fuera una sociedad más rudimentaria. En clase también había cierto interés en cómo surgió la vida y en los dinosaurios. Recuerdo que era de las pocas chicas (y seguramente de las pocas alumnas de todo el centro) que no sabían que los dinosaurios estuvieron extintos durante millones de años. Es la típica cosa que parece que todo el mundo sabe, y que por esa misma razón nadie suele comentar con nadie. Pero si nadie te lo comenta, acabas por no saberlo… y después de tantas visitas al zoo, me extraña que nadie lo indicara, un monitor, un robot, un altavoz, un mísero cartel. Supongo que el negocio de los zoológicos es más impresionar a la gente que informarla.
Su simpleza. Eso fue lo que más me llamó la atención: una gran roca. Fue una gran roca la que acabó con la Tierra. En cierto modo, cambió mi modo de pensar.
Siempre fui una niña bastante inteligente. Estaba convencida de que en esta sociedad, siempre primaba la inteligencia. Quizá era porque por aquel entonces no era tan atractiva. La cuestión era que estaba convencida de que siempre había “algo más” que lo evidente. Es decir, que alguien aparentemente bajo, pudiera ser mejor que alguien de dos metros, en baloncesto. Que el débil pudiera vencer al fuerte, conociendo técnicas de lucha. Que una niña con gafas y pecas, como yo, pudiera tener embobado a un chico guapísimo, alto y atento. Estas ideas, el estereotipo de justicia divina, carma, el hecho de que las apariencias engañan… me las inculcaron mis padres desde pequeña.
También, en aquel entonces, ya era muy buena comprendiendo el funcionamiento de máquinas avanzadas, en programación… incluso sacaba buenas notas en los trabajos de proyectos (y nadie se cogía los de informática… tenían fama de horriblemente difíciles). Yo siempre confiaba en que la inteligencia y la informática era el único sentido de la vida. Que la propia vida, de alguna manera, era llamada a cada vez almacenar más datos, a cada vez hacer cosas más complicadas, y a hacerlas más rápido. Nada podía acabar con la inteligencia, con las máquinas de las que disponemos. En el siglo XXIV eran meras palancas teledirigidas, pero podrían haber evitado el Apocalipsis si hubieran tenido más tiempo. Ya tenían sistemas de defensa espacial relativamente avanzados.
Pero mi manera de pensar no era del todo cierta. ¿Tienes tecnología? Bien. Solo hace falta una piedra más grande. Y todo se va a la mierda. Es como si yo fuera la mujer con más habilidad en técnicas de lucha de la bola multicolor de ahí abajo, de todo Marte. Quizá pudiera vencer a cualquier hombre fuerte del mundo, pero, ¿qué pasa si me ataca un rinoceronte? ¿Si no puedo escapar, si debo aguantar su embestida? Todo tiene un límite. Y la humanidad lo vio.
Era un día nublado, aquel en que tocaba empezar el tema relevante de los siglos XXIV a XV, del antiguo calendario. Sin duda la lluvia añadiría un poco de drama (algo irónico, con lo que nos ha costado conseguirla en nuestro Marte). Siempre me sonó raro, estando en el siglo XII, hablar del XXIV en pasado. Pero todos los chavales lo leímos, excitados. Ya sabíamos algo de astronomía, de modo que no fue todo nuevo: el agujero negro Ancestros, (bautizado en aquella época como Némesis), es el núcleo residual de la antigua estrella que había en el espacio cercano, antes incluso de que el Sol existiera. Eso ya lo sabíamos, claro. Antes de leerlo, recordé todo lo que sabía sobre ello: que aquella estrella murió como supernova, dando lugar a la contracción de una nube de gas interestelar. Los residuos de la estrella se mezclaron con la nube, y más tarde formaron nuestro Sol. Que elementos como el oro solo se pueden formar en fenómenos tan energéticos como las supernovas, y que este hecho es una prueba de que el agujero negro Ancestros (núcleo de la antigua estrella) es en cierto modo el cadáver de la madre de nuestro Sol. Muy poético. Seguí leyendo, aburrida, ya que era más astronomía que historia, y me conocía todo lo del sistema solar, ya que me gustaba ese tema. Quizá por eso mismo no me dormía a pesar de sabérmelo, además de porque sabía que se iba a poner interesante de un momento a otro.
La historia comenzaba a captar mi atención cuando descubrí que a principios del siglo XXIV desconocían la existencia de Ancestros. Me sorprendió que no lo detectaran, ya que ya tenían tecnología capaz de ello… creo. En el libro de historia lo achacaban al por aquel entonces punto alejado de su órbita, más allá del exterior de la nube de Oort: no había interacción con el espacio circundante, y por su naturaleza no emitía nada por sí mismo. Además, las observaciones, aunque se buscasen otros objetos, se efectuaban más sobre el plano de la eclíptica, y también algunas por el norte. La órbita de Ancestros, además de muy lejana y alargada, tiene el foco más alejado de su elipse situado muy cerca de la línea imaginaria que saldría del polo sur solar. De modo que no lo observaron hasta que fue demasiado tarde.
Ancestros empezó a discurrir la parte interna de su órbita, entrando en la nube de Oort. Desestabilizó de sus estáticas órbitas a cientos –literalmente– de cuerpos de tipo cometario, la mayoría de los cuales absorbió; también precipitó hacia el sistema solar interno a otros muchos de ellos. Al absorber los primeros, Ancestros fue descubierto, ya que los agujeros negros emiten radiación al precipitarse cualquier forma de materia sobre ellos. Pero un cometa fue desestabilizado yendo directo hacia la Tierra. Demasiado grande como para desviarlo a tiempo, o como para volarlo. No había nada que hacer.
Realmente el cometa como tal nunca llegó a impactar contra la Tierra. Impactó contra su único satélite natural, conocido como Luna. Esto ya de por sí resulta bastante increíble, según nos explicaron en clase. La probabilidad de que ocurra es prácticamente cero, ya que ninguno de los dos cuerpos tiene tanta gravedad como para influir mucho en el otro y desviarse hasta provocar una colisión. Tienen que venir ya predestinados a ello, como una bola de billar que choca con otra. Y fue Ancestros el que hizo de taco.
En pocas palabras, tanto el cometa como la Luna se desintegraron y mezclaron, precipitándose contra la Tierra (recuerdo que al leer esto en el libro de historia pensé que resultaba algo paradójico… ya que si dos cosas se mezclan, más que desintegrarse, se integrarían… pensamientos de una niña fea y listilla, supongo…). En el momento de impacto se supone que había poca gente viva, ya que las mareas, desestabilizadas, borraron la superficie tal y como era conocida. La Tierra también se desintegró, dando lugar a miles de fragmentos que siguen la misma órbita que antes seguía el planeta, para formar el llamado Cinturón de Tierra (similar al de asteroides) que ahora veo asomar por el horizonte. Nada que estuviera en la Tierra sobrevivió.
En clase, durante las simulaciones por ordenador (a cámara rápida), vimos con excitación cómo el planeta Tierra se desintegraba como una esfera enteramente líquida siendo acribillada. El cometa era algo más grande que la Luna, y había adquirido una velocidad altísima incluso en términos astronómicos, por el impulso gravitacional de Ancestros. Por ello atravesó todo el sistema solar en unos pocos años, dando el efecto de que la Tierra era como una medusa recibiendo un disparo de las antiguas escopetas. Algunos chavales decían “Guau, cómo mola”, para luego ser reprendidos por la profesora.
Mientras recuerdo las ilustraciones del libro de historia, me asalta el deseo morboso de contemplarlo todo. Hay simulaciones en la red, claro, pero no es lo mismo. Mirar arriba y ver el cielo tapizado de rocas, olas de kilómetros de altura debido a la alteración de las mareas… y el momento del impacto visto desde una de las ventanas de las naves… el sentimiento de pérdida de la gente tuvo que ser inigualable.
Las astronaves… proezas de la ingeniería. El factor económico fue importante: todos los recursos económicos de todos los países del mundo se unieron en la causa de la salvación. Al menos, una vez acabó el pánico colectivo. Por desgracia, no todo el mundo podía salvarse: se tuvo que someter a la población a una criba. Solo personal muy cualificado se salvaría. La mayoría eran médicos (sobre todo psicólogos) y personal del ejército, al contrario de lo que se podía pensar, como ingenieros o científicos. Los había, claro, pero en proporciones sólo suficientes para no perder el conocimiento humano. Esto era mucho más fácil de preservar que la salud (tanto física como mental) y el orden. Hubo grandes problemas, como el hecho de que se tuvieron que salvar a los familiares cercanos de los elegidos, reduciendo así el número de elegidos “eficientes”. Esto fue así para mayor estabilidad psicológica. Y otro problema fue que los familiares de los elegidos, también tenían familiares, que no se pudieron salvar.
Cada nave espacial se diseñó con el objetivo de ser completamente independiente de las demás. Todas y cada una de ellas, auténticas ciudades espaciales, tenían la capacidad de reconstruir por sí solas la humanidad. Todas tenían bancos de esperma y óvulos de todas las especies vivas… incluyendo algunas especies de dinosaurios (oh, debo de tener una espina clavada con ellos). También bancos de semillas de casi todas las plantas terrestres. Incluso hongos y algunos microorganismos, aunque menos. También los mejores robots, muchos humaniformes. Se tuvo que establecer un orden, con leyes algo más duras en cada astronave, aunque cada una tenía la misma organización que un país: cada una podía hacer lo que los mandamases dijeran. Hubo algún momento difícil al respecto… pero no es lo que ahora me interesa recordar. La política me aburre.
Por supuesto, no se podían mandar las astronaves (o astrópolis; de hecho, las primeras que existieron) al espacio y sobrevivir ahí indefinidamente. En teoría resistirían mucho tiempo: había luz, y por lo tanto, plantas, animales, comida… pero no agua. Hicieron falta cantidades ingentes de hidrógeno y oxígeno para producirla, y su constante reciclaje no era algo sencillo de mantener. Éste y otros problemas, como la inferior gravedad en algunos niveles, obligaron al ser humano a elegir otro punto para comenzar. Y ese punto fue nuestro Marte.
En aquellos años del siglo XXIV, existían 7 colonias espaciales. Las tres colonias de Lagrange, situadas en el espacio; otras tres en la Luna, con misiones científicas básicamente; y otra ahí abajo, en Marte (por aquel entonces, sin terraformar), en la que se hacían estudios de supervivencia sin asistencia de la Tierra. Las colonias espaciales se salvaron; el personal de las lunares, también. Pero, lógicamente, todas dependían de la Tierra: las de Lagrange estaban situadas en puntos especiales en los que la gravedad de la Tierra jugaba un punto importante para la estabilidad de sus órbitas. Las lunares, obviamente desaparecieron. Y aun si el cometa no hubiera chocado contra la Luna, no puede haber Luna sin Tierra. Un satélite está ligado a su planeta como un niño a su madre. Así que las colonias tuvieron que trasladarse a las naves.
Con todo el sistema Tierra-Luna destrozado, no quedó lugar habitable… excepto la colonia de Marte. Pero había un problema: la colonia, aunque autosuficiente, no podría albergar una sociedad. Ni siquiera se produjo nunca un parto en Marte en aquella época. Marte no estaba preparado para albergar ni a la décima parte de una sola de las naves… todavía. Aunque se podría haber iniciado la terraformación muchos años antes (la tecnología estaba disponible a finales del siglo XXI) había una serie de personas que no apoyaban la terraformación, argumentando que no se podía “contaminar” de vida nuestro actual planeta. La razón era que aquel entonces ya se había encontrado vida microscópica en Marte, y no se deseaba que formas de vida terrestres se mezclasen con las de aquí. Por lo tanto, la única colonia estaba protegida (o quizá el resto de Marte fuera el protegido) por una cúpula que no dejaba entrar ni salir nada que los científicos de la época no desearan. En el interior de la cúpula se podía vivir; fuera, no. Y en consecuencia, en el tiempo en el que se diseñaron las naves y se empezó a terraformar Marte, no dio tiempo a construir cúpulas adicionales (su construcción era mas sencilla que la de las naves, pero no era lo mismo construir en órbita cercana a la Tierra que en Marte, en el que en aquel entonces, no había los medios).
En conclusión, algo había que hacer con las naves. Cada una albergaba a unas 700 familias, salvo alguna excepción. El consumo de recursos no permitiría un viaje mucho más largo que un siglo. Las estimaciones eran muy inexactas: entre 100 y 200 años. Entonces, el famoso Mixproof, basado en los trabajos del archifamoso Fauberg, esbozó el plan de salvación: la versión resumida era que los robots terraformarían Marte sin asistencia humana (ellos solo necesitaban sol para funcionar), y volver a él una vez terraformado. Y como no se podía vivir en las naves durante tantísimo tiempo (una terraformación lleva entre pocos siglos y algunos milenios, dependiendo), ideó un viaje a la velocidad de la luz, para que el tiempo relativo fuera más corto, y así llegar a Marte terraformado en unos pocos años. Es decir, viajar al futuro en el que Marte pudiera albergar vida.
Por desgracia, en aquel entonces ir a semejantes velocidades era imposible. Sin embargo, aprovechando las propiedades de los campos gravitatorios intensos, se podía obtener el mismo resultado: un objeto acelerado casi a la velocidad de la luz se ralentiza con respecto a los observadores no acelerados, pero un objeto en una región con un campo gravitatorio considerable, también experimentaba la misma ralentización temporal. Y el único campo gravitatorio lo suficientemente potente como para hacer cuadrar los cálculos… era el del propio Ancestros.
De modo que el mismo Ancestros destruiría y salvaría a la humanidad. Ironías de la vida.
Tras unos meses se completó el proyecto. Adoptó el nombre de Vida. Algunos puntos del mismo eran de carácter público, otros no. Hoy se sabe todo, o eso creo. En concreto, se estableció que cada nave seguiría órbitas distintas en torno a Ancestros, para salir en tiempos diferentes. Esto tenía sentido porque el objetivo era mantener a la humanidad viva, por delante de la supervivencia de las personas o naves individuales. En cuantos más recorridos diferentes, mejor. En cuanta más variedad, mejor. Seguir todo el mundo el mismo plan significaba poner todos los huevos en la misma cesta.
De modo que en primer lugar saldría una nave 500 años en el futuro, a un Marte aún sin terraformar, pero con regiones con cúpulas habilitadas para poder vivir en una colonia autosuficiente. Yo soy una descendiente de aquella gente, los primeros marcianos, que estrenaron el actual calendario. A continuación, cada nave saldría a intervalos posteriores, con una separación de unos mil años. Para la segunda, Marte debería estar completamente terraformado. Aún no ha llegado (estamos en el 1119, ya debería de haberlo hecho), pero lo hemos conseguido: Marte tiene una especie de clima montañoso invernal terrestre. O eso he oído. Duro y bastante seco, pero apto para la vida.
Todo este plan era ciencia ficción para la época, a pesar de tener una sólida base teórica. La probabilidad de algún error era muy alta. De modo que los robots, en el caso de que toda la humanidad desapareciera por algún desastre (descompresión, radiación, inanición…), tenían la instrucción de acondicionar un lugar para que pudieran vivir unos pocos seres humanos, que provendrían de los bancos de semen y óvulos congelados. Los bancos de semen y óvulos, además de ir en las propias naves, se diseminaron en pequeños satélites artificiales, en órbita marciana, con maquinaria y robots aletargados, a la espera de la activación del proceso cuando un reloj interno marcase cero, si no recibían señal de cancelación en un periodo de 25 siglos. Fecha deliberada, porque ya deberían de haber llegado tres naves, si todo iba bien. Desconozco por qué tres, y no se eligió la fecha para dos o cuatro.
La probabilidad de que esto fallara era ínfima. Eran sistemas simples y pequeños, además del elevado número de satélites de este tipo que se fabricaron, unos trescientos, todos independientes y todos con maquinas capaces de crear humanos a partir de los bancos. No solo eso, también de alimentar, de educar, y finalmente, de colaborar con ellos y cumplir sus órdenes. La versión oficial fue que se crearon quince, en lugar de los trecientos, ya que cualquier gasto podía ser utilizado para salvar a más seres humanos terrestres; de hecho, al haber tenido éxito el plan y al no haber sido útiles los satélites (se han desactivado todos y recogido casi todos), hoy día sabemos que se podría haber salvado más gente, si el tiempo y dinero dedicado a ello se hubiera dedicado a más recursos o espacio adicional en las naves.
Y algo que nunca vio la luz, fue la orden “Última instancia”. Bonito nombre. Trataba el problema de que se destruyera toda posibilidad de recuperar la humanidad, lo cual era casi impensable, pero era una ínfima posibilidad. Por ejemplo, que otro cometa hubiera impactado contra Marte, o que todos los bancos de óvulos y esperma se echaran a perder por algo inconcebible, algo que se les pudiera haber escapado a los científicos e ingenieros de la época. Ante semejante problema, los robots tenían la orden de continuar desarrollándose por ellos mismos, imitando en lo mayor posible a la vida, y llegando cada vez más lejos tecnológicamente y espacialmente. El último legado de la humanidad.
Por suerte, estoy aquí viendo las estrellas. No ha hecho falta clonar seres humanos. Y el sistema solar no se ha convertido en un lugar lleno de máquinas sin vida. No pienso a menudo en la mala noticia, en que una de las naves fuese destruida por el campo gravitatorio de Ancestros. Eso fue antes. Para mí, la historia empieza después. Con mi calendario.
El cristiano tiene 2364 años, contando el año en el que iniciamos la órbita al agujero. 513 fueron los Años Relativos, cuando a los ocupantes de la primera nave les parecieron unos 5 o 6. Y desde la salida de Ancestros, han pasado 1119 años. Años terrestres, claro. Aún mantenemos los 12 meses, por tradición, aunque plantea algunos problemas. El año marciano es más largo, y se está imponiendo el calendario científico o marciano, que cuenta los años marcianos de 687 días. Estamos a punto de comenzar el año 595 del año marciano.
Apuntando un telescopio al agujero negro, se puede saber el motivo por el que se le rebautizó de Némesis a Ancestros. Además de ser el cadáver de la estrella ancestral del Sol, se pueden observar unos puntitos rojizos, parecidos a rubíes, congelados en torno a él durante muchas vidas, con su tiempo ralentizado, con su luz desplazada hacia una mayor longitud de onda (hacia el rojo), en su lucha por vencer el pozo gravitatorio hasta llegar a nuestros ojos.
Es la luz de los que también son nuestros ancestros, del resto de naves. Una carga de humanidad más humana que lo que nosotros lo somos ahora, eso es lo que hay en cada puntito rojo.
Recordar todo esto me ha dado sueño. Nunca me gustó la asignatura de historia. Creo que cerraré los ojos.